Casa D’Amico: cocina italiana con alma familiar
En Polanco, Casa D’Amico combina tradición italiana, creatividad sin límites y una experiencia donde la comida se siente tan personal como memorable.
Hay restaurantes que destacan por técnica, otros por concepto. Casa D’Amico lo hace por algo más difícil de explicar: emoción. Desde que entras a esta casona en Polanco, entiendes que aquí no vienes solo a comer, vienes a sentirte en casa.
La historia detrás del lugar es tan personal como su cocina. Walter D’Amico no salió de una escuela culinaria, salió de su casa. De una infancia marcada por una madre que cocinaba con ingenio —como aquel omelet con hongos que le hizo creer que era carne— nació una vocación que hoy sigue intacta: cocinar desde el afecto.

Ese origen se nota en cada detalle. Aquí no hay rigidez ni fórmulas cerradas. La cocina es tan libre como la imaginación del chef. Un día puede ser completamente tradicional, al siguiente puede experimentar sin límites. Porque, como él mismo dice, la cocina no tiene fronteras cuando hay creatividad.
El resultado es una propuesta que mezcla bases italianas clásicas con una ejecución profundamente personal. No es fine dining pretencioso ni trattoria típica: es un punto medio donde lo importante no es encajar en una categoría, sino que el plato tenga sentido y sabor.
Pero si algo realmente distingue a Casa D’Amico es su hospitalidad. Aquí, el cliente no es cliente. Es invitado. El equipo —que el propio chef describe como familia— trabaja con una idea clara: que quien se siente a la mesa coma lo que quiera, como quiera y se vaya feliz.
Esa filosofía se traduce en una experiencia poco común. Puedes pedir un menú de degustación y dejar que el chef te sorprenda con pequeñas pruebas de lo que está creando ese día. O puedes llegar con una idea específica y, si es posible, te la preparan a tu medida. Es un nivel de flexibilidad que pocos restaurantes están dispuestos a ofrecer.

Incluso los guiños personales forman parte del menú. Platos como la pasta dedicada a Sergio Sarmiento nacen de relaciones reales, de clientes que se convierten en amigos. Aquí, la carta no es estática: evoluciona con las historias que se viven dentro del restaurante.
En tiempos donde la presentación muchas veces supera al sabor, D’Amico lo tiene claro: el espectáculo solo vale la pena si suma. Sí, hay flameados y momentos visuales, pero siempre con una intención: potenciar el plato, no distraer de él.
La trayectoria del chef también le da peso al proyecto. Desde su primer restaurante en 1985 hasta hoy, pasando por el golpe de la pandemia que lo obligó a empezar de nuevo, Casa D’Amico representa resiliencia, oficio y pasión sostenida en el tiempo.
Y eso se percibe desde el primer momento en mesa. Casa D’Amico nos recibió con un pita casero recién salido del horno, esponjoso y caliente, de esos detalles que sin decir mucho te anticipan lo que viene.
Para empezar, el Carpaccio di Manzo fue una declaración de intenciones. Filete de res cortado al momento, con un balance preciso entre aceite de oliva, limón y sal de mar. El Parmigiano Reggiano y la arúgula le daban ese contraste fresco que lo hacía simplemente espectacular.

En los fuertes, la Pizza Pera e Gorgonzola confirma que aquí entienden el equilibrio: intensidad, dulzura y acidez en una misma mordida. La masa, crujiente y bien lograda en horno de piedra, termina de redondear una combinación que funciona sin esfuerzo.

El Risotto Allo Zafferano es técnica pura. Cremoso, bien ejecutado, con ese punto exacto del arroz arborio que no todos logran. El detalle que lo eleva es ver cómo los camarones terminan de cocerse con el fumée, aportando profundidad y carácter al plato.

El cierre no se queda atrás. El tiramisú es todo lo que esperas: equilibrio entre el mascarpone y el licor de café, ligero y bien integrado. Y la Sfornata di Mele, con su hojaldre dorado, manzana, nuez y canela, acompañada de helado de vainilla, logra ese contraste de temperaturas que te deja con una certeza: aquí, el final importa tanto como el inicio.


No es un restaurante que busca impresionar con artificios, sino uno que se queda contigo. Por su comida, sí, pero sobre todo por la sensación de haber estado en un lugar donde la cocina todavía tiene alma.
Dónde: Homero 433, Polanco, CDMX.
Reserva, aquí.
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