Vicente Asador de Brasa Satélite: fuego, cortes y celebración
Una visita a la nueva sucursal en Samara Satélite donde la brasa, el servicio y las sobremesas largas mandan.
Fuimos a conocer la nueva sucursal de Vicente Asador de Brasa – Samara Satélite con esa mezcla de curiosidad y escepticismo que siempre acompaña a una apertura reciente. El lugar es enorme, dominado por una imponente barra central que organiza el espacio y marca el pulso del restaurante. Salón, cava, terraza para fumar y terraza libre de humo conviven en una distribución que permite elegir el ambiente según el plan: comida larga, cita, celebración o sobremesa extendida.
En Vicente te reciben como en tu casa. La atención es impecable. En el camino a mi mesa, me crucé con hostes, meseros, un bartender y dos gerentes, todos amabilísimos, saludando y dándote la bienvenida. Ese tipo de hospitalidad no se finge, se siente, y desde el primer minuto deja claro que aquí el servicio es parte esencial de la experiencia.
Ya en la mesa, el tono no cambió. De inmediato me hicieron llegar la carta y, casi en simultáneo, un carrito de mixología se estacionó junto a mí, presumiendo botellas interesantes y propuestas que daban ganas de empezar la noche sin pensarlo demasiado. Más que un gesto vistoso, se percibe como una invitación directa a tomarte tu tiempo.

Como detalle de bienvenida, me presentaron un queso fresco, sencillo pero delicioso, acompañado de salsas que iban de lo fresco a lo intenso. Un gesto pequeño que marca el ritmo desde el inicio y que, además, funciona como recordatorio de que la cocina gira en torno a la brasa y los sabores reconfortantes.
Qué probamos: además del queso con chistorra —que llegó bien caliente en un satén de hierro fundido, burbujeante y acompañado de tortillas de maíz y harina—, el ribeye con puré de papa trufado, un corte suave, jugoso y generoso. Carne bien ejecutada, sabor profundo, textura impecable. De esos platos que justifican por sí solos la visita.

Para acompañar todo, pedí que me sugirieran un trago. El mixólogo Julio Mejía nos preparó en la mesa el Beauty and the Beast, un cóctel fresco, aromático y perfectamente balanceado. Más allá del pequeño espectáculo en la preparación, el resultado fue lo importante: un trago que realmente dialoga con la comida.

De postre, la tarta de plátano con queso mascarpone y dulce de leche, acompañada de helado de vainilla con carbón activado. Aquí hay que hacer una pausa: los postres son enormes. Literalmente. Una tarea titánica para una sola persona, claramente pensados para compartir. Dulce sin empalagar, texturas bien resueltas y ese cierre indulgente que uno espera después de un festín carnívoro.

En Vicente Asador de Brasa, la experiencia gira alrededor de algo tan primitivo como infalible: el fuego. Antonio Salazar, chef de la casa, lo resume sin rodeos: aquí se viene a disfrutar cortes de carne en un entorno que invita a quedarse, conversar y celebrar. Y la unidad de Satélite replica fielmente esa filosofía.
Con tres años en la Ciudad de México y presencia en otras ciudades del país, el restaurante se ha consolidado como un steak house donde la identidad es clara: cortes, brasa y mesas largas. Abierto de lunes a domingo, únicamente para comidas y cenas, el ritmo del lugar parece diseñado para algo muy específico: disfrutar sin prisa.
Cuando le pedimos al chef que eligiera un recorrido ideal, no dudó. Como entrada, recomienda los jalapeños rellenos con queso de cabra, envueltos en láminas de ribeye y terminados con salsa teriyaki. Un plato que combina intensidad, cremosidad y ese toque ahumado que abre el apetito.
En el plato fuerte, Salazar apunta a la estrella: la tapa de ribeye. Un corte jugoso, con carácter, pensado para quienes entienden que la carne bien trabajada no necesita artificios. Técnica, temperatura y punto exacto. Nada más.
¿Postre? Aunque todos tienen su público, los más solicitados son los pasteles helados, especialmente el tiramisú y el chongo zamorano. El chef, sin embargo, confiesa su debilidad personal: el Big Trufa de chocolate, un cierre contundente que confirma la vocación indulgente del lugar.

Más allá del menú, Vicente apuesta por algo menos tangible pero igual de importante: el concepto de compartir. Platos generosos, sobremesas largas y un ambiente que sugiere que comer también puede ser un ritual social. El lugar es, sin exagerar, un lugar para celebrar.
Antes de despedirse, Salazar deja un consejo doméstico que resume su filosofía culinaria: en su cocina ideal no faltan una buena proteína, espárragos, arroz, una bebida bien elegida y, por supuesto, lo esencial: fuego. Porque cocinar, como asar, sigue siendo un acto elemental.
Dónde: Cto Centro Comercial 16, Cd. Satélite, Naucalpan de Juárez, Estado de México
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