Necesitamos hablar
Los suicidios crecen a un ritmo alarmante, pero somos menos propensos que nunca a pedir ayuda. ¿Contar lo que nos angustia puede servir para poner freno? ¿O se trata realmente del final del camino? Es hora de tener una conversación complicada.
Nada iba mal en su vida, pero en algún momento había decidido acabar con todo. Victor* tenía un buen trabajo, un departamento cómodo y amigos para llenar sus fines de semana de actividades. Sin embargo, la vida le parecía anodina, monótona e ineludible. “No sentía emoción”, dice. “Hacía lo que tenía que hacer, pero no disfrutaba de nada”.
Cuando estaba solo, esos sentimientos se convertían en una rumia constante, que se manifestaba como una única pregunta que se repetía una y otra vez: “¿Y así va a ser el resto de mi vida?”. Incapaz de abrirse a nadie, empezaba a surgir una oscura respuesta. “En ese espacio mental, sentía que no había nada más: esto era todo”, admite. Los planes para quitarse la vida empezaron a tomar forma. Y esos planes le reconfortaron, prometiéndole una liberación instantánea del ciclo en el que se sentía atrapado. Un día, tras una discusión sin mucha importancia con un colega, decidió que había llegado el día. Sin embargo, al llegar a casa, le asaltó un impulso inexplicable. Victor tomó el teléfono y llamó a su amigo. La relación entre ambos era superficial, relegada, como muchas amistades masculinas, a ocasionales partidos de futbol, borracheras y chistes subidos de tono. “Pero pensé, en serio, que era el final, así que ¿qué daño podía hacer abrirme ahora?”. Aquella llamada le salvó la vida.
Desesperación silenciosa
El amigo de Victor no se convertiría en un confidente, ni en el catalizador de una nueva perspectiva de la vida. Pero en el espacio de una llamada de cinco minutos, en la que su estupefacto amigo trató de convencerle de que no se tirara por un precipicio, Victor sintió un intenso alivio. Había pronunciado las palabras, las preguntas y las oscuras respuestas en voz alta, y en el aire perdieron casi todo su peso. “Abrirse es un acto profundo, que, aunque aterrador, puede ser un salvavidas cuando te encuentras en un lugar oscuro”, dice Sikander Kalla, psicólogo clínico fundador de Cohesive Collaboration, una consultoría de salud mental. “Al fin y al cabo, la cabeza es una cámara de eco. Nuestras vidas se centran tanto en sobrevivir que empezamos a perder nuestro propósito, y eso puede hacer que nos sintamos desesperanzados, vacíos y desilusionados”. Esas tres palabras resumen la experiencia de Victor, pero él es solo uno de tantos en un mar de rostros que aprietan los dientes y sufren en soledad. Tras su llamada telefónica, Victor acudió a terapia y, junto con la medicación y la expresión de sus pensamientos, pudo salir de su propia cueva de desesperación. Pero son muchos los hombres que nunca hacen esa llamada. En 2023, se produjeron 8,837 muertes por suicidio en México, según datos de la Secretaría de Salud. Los hombres representaban el 81.1% de esas muertes, y se teme que esta cifra siga aumentando. Sin embargo, las luchas mentales y los problemas psicológicos no son exclusivos de un sexo en particular. De hecho, según un informe de la Mental Health Foundation, las mujeres tienen tres veces más probabilidades de sufrir problemas de salud mental que los hombres. Pero las mujeres también son mucho más propensas a buscar ayuda o, simplemente, a confiar en sus compañeros, familiares, amistades… Por el contrario, las investigaciones han demostrado que, en lugar de recurrir a los demás, los varones jóvenes prefieren recurrir a mecanismos muy poco saludables, como el alcohol o las drogas. En resumen, estamos escondiendo nuestros problemas debajo de la alfombra. “La masculinidad hegemónica –la idea del hombre estoico, fuerte e independiente– sigue dominando nuestra idea de lo que significa ser un hombre”, dice Kalla. “Nuestro silencio está arraigado en ese sentimiento, y nos cuesta romper el molde”. Victor dice que no tenía práctica. La idea de hablar de sus emociones era un concepto extraño. Podía estar enfadado con su equipo de futbol o molesto con otro conductor, pero otorgar palabras –el tipo de palabras que solo descubrió a través de la terapia– a esos sentimientos abstractos que le agobiaban era como intentar aprender otro idioma. “Como hombres, estamos predispuestos a buscar soluciones prácticas”, ha observado Kalla durante su ejercicio profesional. “Pero las emociones no pueden resolverse de forma práctica. Hay que centrarse en ellas, procesarlas, normalizarlas… Es un proceso constante de aprendizaje y reaprendizaje que requiere introspección, mucha disciplina y gran dedicación”.
Tras las cifras
En un intento por comprender estas desproporcionadas tasas de suicidio, resulta tentador explorar las causas que se esconden tras estas alarmantes cifras. Sin embargo, los estudios siguen divididos en cuanto a las respuestas. Por ejemplo, una investigación publicada en BMC Psychiatry citaba la “soltería”, la “jubilación” y el “desempleo” como algunos desencadenantes bastante comunes. Para Kalla, esto tiene sentido, ya que todos ellos son polos opuestos del arquetipo de hombre próspero y exitoso que sigue considerándose el estándar de oro. Sin embargo, estas tendencias no son más que eso, respuestas generales que pasan por alto las peculiaridades de la mente humana. Después de todo, algunos hombres se enfrentan a graves problemas de salud mental diagnosticables (aunque a menudo no estén diagnosticados); desequilibrios químicos que los hacen más propensos a caer en el pensamiento obsesivo y, en última instancia, en la ideación suicida. Otros luchan con su sexualidad, se pelean con sus seres queridos, se tambalean tras la muerte de alguien cercano, sufren presiones económicas… y la lista es interminable. “Son tiempos difíciles”, admite Kalla. “Y necesitamos más resiliencia que nunca”. Nicholas Ingel, propietario de varios gimnasios en Johannesburgo, Sudáfrica, ha tenido su propio roce con la muerte. Tras años de beber, un hábito que empezó como forma de evasión, Ingel dice que se había cavado un agujero “y no podía ver la luz. Me sentaba por la noche con el cañón de una pistola en la boca”, dice. “Simplemente no veía otra salida”. Décadas después, le resulta difícil recordar aquellos días oscuros. El largo camino hacia la rehabilitación fue una de las luchas más duras de su vida, pero ahora tiene perspectiva, claridad y, lo que es más importante, un propósito. “Viéndolo de forma retrospectiva, nunca es tan malo como parecía”, dice. Y él lo sabe; ha estado sentado en la habitación de un apartamento, en el desempleo y sin un centavo a su nombre, tras haber quemado puentes con su familia y con sus amigos más cercanos. Era una realidad aleccionadora que podría haberle anclado a la bebida, pero algo había cambiado: “Empecé a trabajar sobre mis problemas, dando los pasos más pequeños pero necesarios para empezar”. Y también hablaba con la gente, aprendiendo a abrirse como hacía Víctor. “Cuando te centras en el suicidio, reduces tu visión, dejas de buscar otras soluciones, otras respuestas”, dice Ingel. “Pero siempre están ahí”. Una técnica que dice que le salvó la vida es la que llama el “juego de la alegría”. Es un concepto sencillo, pero difícil de ejecutar. “Te preguntas: ‘¿De qué me alegro?’, y enumeras cualquier cosa que te venga a la mente. Me alegro de tener 10 dedos en los pies, me alegro de tener salud… Y luego amplías a partir de ahí, aprendiendo a estar agradecido por las cosas que aún tienes”. La nueva vulnerabilidad de Ingel es un concepto aterrador para muchos hombres, afirma Dan Wolf, psicólogo y director de un grupo de tratamiento y rehabilitación. “La vulnerabilidad se percibe como debilidad o incompetencia”, añade. Por eso, los hombres reprimen sus emociones o recurren a otros apoyos inmediatamente disponibles, como el alcohol y las drogas. Alejándose de sistemas de apoyo sanos, estos vicios ofrecen alivio y ayudan a los hombres a mantener el personaje que se han creado: alguien fuerte, autosuficiente e, irónicamente, que no necesita apoyo. “Pero cuando tu vida gira en torno a la actuación, en algún momento te caes del escenario”, afirma Wolf. Sostiene que los hombres malinterpretan la vulnerabilidad. Ser vulnerable no solo se percibe como una fortaleza por quienes te rodean, sino que también puede ayudar a profundizar esas relaciones que los hombres tienen tanto miedo de perder al abrirse.
Luz al final del túnel
“Suicidio” es una palabra dura que evoca las peores imágenes. Y para los afectados, las familias y los amigos de quien lo comete, hay poco consuelo. Solo preguntas, dolor y más preguntas. Pero para muchos hombres, Víctor, Ingel (y yo incluido), la palabra ha ofrecido a menudo una salida, un respiro a la agonía de la existencia, una lúgubre luz brillante al final de un túnel oscuro. En muchos aspectos, podía identificarme con muchas partes de sus historias. Yo tuve mi propio momento de crisis cuando mi matrimonio de casi ocho años se vino abajo. No podía abrirme. Me atormentaban sentimientos de incapacidad, soledad y vergüenza. Sufría en silencio y, en aquella isla, la idea de poner fin a mi vida no me parecía algo prohibido, sino una escapatoria fácil. Solo iniciando una conversación –primero con mi familia, luego con un terapeuta y más tarde con mis amigos– empecé a sanar. Aunque parezca que estamos repitiendo lo mismo, la vulnerabilidad es lo más importante. Pero ese acto de fe no es fácil. “Si tienes dificultades, un buen punto de partida es preguntarte si tu enfoque actual funciona”, dice Christine Pienaar, asesora en salud mental. “Es difícil motivar el cambio si no se siente necesario. Así que si alguien tiene miedo o se siente incómodo por abrirse, yo empezaría preguntándole si guardar silencio le está llevando a una vida emocional sana”. ¿Cuáles son las consecuencias de mantener este silencio? ¿Qué haces en lugar de abrirte? ¿Te estás automedicando? ¿Te van a ayudar a largo plazo estos mecanismos de supervivencia? Una vez que empieces a medir los riesgos reales entre navegar en el mar de la soledad o compartir tu historia, rápidamente empezarás a encontrar la motivación necesaria para iniciar la conversación. Y hablar no solo es bueno para ti, es bueno para todo tu grupo (incluyendo familiares, amigos, compañeros de trabajo…). “A menudo basta con que una persona tenga el valor de ir a consulta o a terapia de grupo para abrirse, para que el resto le siga”, dice Pienaar. “Hay que comprometerse de verdad con la meta de conocerse mejor y hacerse las preguntas difíciles. No te conformes con el típico: ‘Bah, no tiene importancia, realmente estoy bien’. Ve más allá de lo que hay debajo. Y pregunta cómo les va realmente a tus amigos”.
A través de estas entrevistas, hablando con personas como Ingel y Víctor, experimenté también una forma de terapia. La misión periodística me impulsó a preguntarme: “¿Cómo te sientes realmente?”, y las respuestas me recordaron las conversaciones que debería mantener cada día. Me demostró que mantenemos las cosas a un nivel superficial porque es fácil: las conversaciones triviales nunca sacuden el barco. Pero también nos dejan sin timón y solos ante nuestros problemas. En el aislamiento, podemos engañarnos pensando que nuestros problemas son únicos, pero a través de las conversaciones podemos encontrar un sentido de pertenencia a un lugar, solidaridad y aceptación. La respuesta es clara: hay que empezar a hablar, ya sea con un profesional, un ser querido o un amigo. En resumen, es hora de descolgar el teléfono.

Alivia el estrés
Pasando la mayor parte del día encerrados en oficinas, la conciliación de la vida laboral y familiar se ha convertido en un concepto casi inexistente. Y eso es un problema, porque cargar con el estrés del trabajo más allá de la jornada laboral puede ser el inicio de graves problemas de salud mental. Por suerte, hay formas de recuperar el tiempo libre para disfrutar de un necesario descanso. “Por la forma en que funciona nuestra mente, tendemos a mantener ventanas abiertas de todas y cada una de las tareas laborales y privadas en las que podemos estar involucrados”, afirma el psicólogo Mark Baker. “Estas ventanas abiertas aumentan la carga mental que llevamos y la sensación de sentirnos abrumados, aunque sea de forma subconsciente”. Y sugiere dos estrategias sólidas para ayudar a “dejar el trabajo en el trabajo”. En primer lugar, al final del día hay que vaciar la mente de tareas pendientes y crear una lista de prioridades para el día siguiente. En segundo lugar, debes usar técnicas de atención plena para aumentar tu capacidad de estar presente dondequiera que estés. Esto significa que si no estás trabajando, tu mente no volverá a divagar en conversaciones, presentaciones y reuniones. Las sesiones de meditación guiada que ofrecen aplicaciones como Calm y Headspace pueden guiarte a través de los cambios mentales que necesitas para estar presente. Pero asistir a una clase presencial puede obligar a tu mente a concentrarse.
Crea un plan
Si estás pasando por una situación angustiosa, es difícil pensar racionalmente. La vida puede parecer abrumadora y desesperada, abriendo la puerta a decisiones drásticas. Trazar tu propio plan de crisis** puede ayudarte a superar estos episodios difíciles, dándote las coordenadas para superar esa situación.
1. Reconoce las señales de alarma
¿Te aíslas más? ¿Te cuesta mantener el interés por actividades que antes te gustaban? ¿Estás atrapado en un ciclo obsesivo o te irritas con los que te rodean? Un enfoque proactivo puede ayudarte a detectar las primeras señales de un problema inminente antes de que se convierta en una crisis.
2. Encontrar mecanismos de acción
Lleva una lista de estrategias saludables que puedan ayudarte a respirar. Podría ser practicar técnicas de relajación como la respiración profunda o ejercicios de atención plena. Alternativamente, la música, el arte o los videojuegos pueden distraerte y ayudar también a reducir tus niveles de estrés.
3. Identifica tu red de apoyo
¿Con quién puedes hablar ahora? Aunque puede que los demás no entiendan por lo que estás pasando, hablar con alguien puede reconfortarte, ya sea con un amigo, un familiar o incluso uniéndote a un grupo de apoyo. Las investigaciones han demostrado que sentirse apoyado puede reducir drásticamente la angustia.
4. Habla con un profesional
Hay muchos recursos para quienes se enfrentan a problemas de salud mental. Por ejemplo, el 800 911 2000 es la Línea de la Vida, para la atención urgente a personas con ideas suicidas. Funciona 24 horas todos los días del año.
¿Ya te suscribiste al Newsletter de Men’s Health México y Latinoamérica?
Haz click aquí y recibe las mejores rutinas, consejos para bajar de peso, recomendaciones de salud y todo el contenido que necesitas para ser la mejor versión de ti.
Síguenos en nuestras redes sociales: Instagram, Facebook, X (Twitter) y Threads