Qué aprendí tras 10 días en un retiro de silencio
Hoy en día, el mundo es más ruidoso que nunca. En un intento de escapar de su zumbido angustioso, un escritor crónicamente sobreestimulado reservó un retiro en silencio –sin leer, sin escribir– para pasar 10 días sintonizando con su psique. Entonces fue cuando empezó el auténtico ruido…
“Fue el séptimo día de silencio el que casi me destruye. Yo estaba sentado en la ‘celda'”.
Imagina un armario del tamaño de una persona, sin ventanas. No es una buena idea si te asustan los espacios oscuros y pequeños. Llevaba 148 horas con mis pensamientos como única compañía. Una semana antes, cuando entregué mi teléfono y corté toda conexión con el exterior al entrar en el Centro de Meditación Vipassana Dhamma Dharā, en Shelburne (Massachusetts EEUU), esperaba encontrar la paz interior. Un respiro de una vida en la que me sentía cada vez más ansioso y sobreestimulado. Durante los primeros días, descubrí la serenidad en pequeñas dosis, pero en lugar de tener una mente cada vez más soleada, la tormenta acechaba. Ese era uno de mis miedos cuando me apunté: que en lugar de sanar, estos 10 días me desquiciaran por completo al abandonar las distracciones cotidianas y los miedos encallados en el fondo de mi psique. A los siete días descubrí lo ruidoso que puede ser el silencio.
Escapar del ruido
Mi viaje hacia el retiro de Dhamma Dharā comenzó siete años atrás, cuando entré en una librería y escogí The Miracle of Mindfulness, del monje budista Thich Nhat Hanh. En el libro se explica qué es la atención plena: la conciencia sin prejuicios sobre los propios pensamientos, sensaciones y sentimientos. Es el acto de observar tu mente sin desear cambiar lo que es. También aporta instrucciones para meditar, que es el entrenamiento para tener una atención plena. Con práctica, afirma el libro, puedes trasladar tu atención plena al mundo real para afrontar las frustraciones del día a día con generosidad, y así encontrar la paz y la alegría eternas. Al principio, meditaba 10 minutos por la mañana con la ayuda de aplicaciones. Empecé a leer más sobre budismo, asistí a un retiro de dos días en el Zen
Mountain Monastery, al norte de Nueva York, y realicé un curso de ocho semanas para disminuir el estrés mediante la atención plena. En mi punto álgido de la práctica era capaz de meditar durante 45 minutos al día, seis días a la semana. A principios de este año, los días se fueron complicando y mi práctica disminuyó. Cuando tienes muchas cosas pendientes, hacer algo que se parece a “no hacer nada” puede parecer contraproducente. A eso se le sumaba la estimulación constante y el ruido que produce vivir en Nueva York. No permitía que mi pobre sistema nervioso central se relajara y, como consecuencia, un nivel de ansiedad permanente se instaló en mí. Necesitaba empezar de nuevo. Había querido probar un retiro de larga duración desde que empecé a practicar la meditación. Recordé que un amigo mío había vuelto de uno que le había parecido muy potente. Me apunté. Un día de finales de abril, llegué a una propiedad enclavada en un bosque al oeste de Massachusetts. El centro, que abarca unas 43 hectáreas, cuenta con largos pasillos de dormitorios (hombres y mujeres separados), una sala de meditación para 200 personas (compartida por ambos sexos, entrando y saliendo cada uno por su lado), un comedor, una pagoda con 140 celdas y unos cuantos senderos naturales. Después de registrarme, me mostraron mi habitación individual con paredes lisas, estanterías, una cama y un baño. Luego, rellené un papeleo inquietante, en el que tenía que repetir parte de la información que había puesto cuando solicité el curso meses antes: ¿Estaba sano mental y físicamente?, ¿podía comprometerme a estar aquí los 10 días?, ¿qué esperaba obtener?, ¿con quién debe ponerse en contacto el centro en caso de emergencia (léase: un brote psicótico)? También teníamos que confirmar si estábamos dispuestos a completar el retiro en “noble silencio”, es decir, silencio de palabra, mente y cuerpo: sin leer, sin escribir y sin comunicarnos con ningún otro meditador. Unas horas más tarde, cuando nos dijeron que no podíamos tener ninguna interacción con “el mundo exterior”, me pregunté si me había unido a una secta.

Dolor y placer
El primer día nos despertó el toque de un gong a las cuatro de la mañana. Así empezaba un día que incluía más de 10 horas de meditación, con descansos para comer en silencio y charlas nocturnas que explicaban la filosofía tras la técnica de meditación vipassana que practicaríamos. Cada persona debía asistir a tres sesiones grupales de una hora al día en una sala de meditación cuyas ventanas estaban bloqueadas de modo que siempre permanecía en penumbra, iluminada por focos de color naranja amarillento. Durante las otras siete horas de meditación, podíamos estar en la sala o volver a nuestras habitaciones.
A las nueve de la noche volvíamos a los dormitorios para dormir. Es el mismo horario que se sigue en los 240 centros de retiro donde se enseña y practica la meditación vipassana, el método de Buda. Todos los retiros son gratuitos, financiados con donativos. Los centros fueron creados por S. N. Goenka, un empresario de Myanmar que descubrió la meditación vipassana para aliviar sus dolores de cabeza. Murió en 2013, pero un audio grabado con su profunda voz nos instruye durante las sesiones grupales y vemos vídeos suyos durante los discursos nocturnos. Las otras dos únicas personas que hablan son dos profesores, disponibles dos veces al día para quienes tengan dudas sobre el método.
El término vipassana se traduce como “meditación de introspección”. Es un método que cuenta con tres pasos. Goenka los explicaba en sus charlas. El primero consiste en el sīla, la conducta moral: nos debemos comprometer a no robar, matar, hablar en falso ni mantener relaciones sexuales durante los 10 días del retiro. Una mente moral, según la creencia, es una mente tranquila, y se necesita una mente tranquila para alcanzar el samādhi (concentración), el siguiente nivel en el camino de la introspección. Los tres primeros días del retiro los pasamos alcanzando este estado mediante la respiración anapana, que consiste en observar la respiración entrando y saliendo por nuestra nariz. Después de tres días de respiración anapana, empezamos a practicar el escaneo corporal, que llevaríamos a cabo durante el resto del retiro. Consiste en pasar nuestra consciencia como si fuera un escáner por cada parte del cuerpo, de la cabeza a los pies. Goenka nos avisó que experimentaríamos una sensación intensa en algunas partes del cuerpo, como rigidez o dolor de espalda, mientras que otras partes experimentarían sensaciones sutiles, como sudor en la parte trasera del cuello o el tacto de la tela en la piel. Al escanear nuestro cuerpo constantemente durante siete días, nos daríamos cuenta de cuántas sensaciones diferentes hay en nuestro cuerpo. Esto nos llevaría al último paso del camino, paññā, o sabiduría, que nos permitiría ver la visión última: que solo existe la impermanencia (aniccā). Esta trayectoria, que va de sīla a samādhi y a paññā, conforma el Noble Camino Óctuple del Budismo, la enseñanza que Buda aportó para que las personas encontraran el camino para salir del sufrimiento y alcanzar la iluminación.
El primer día me quedó claro que el retiro iba a ser más difícil de llevar físicamente de lo que había previsto. Esperaba que mi mente divagara y que la quietud me resultara mentalmente desafiante, pero no me había dado cuenta de lo incómodo que es estar sentado sobre un cojín de meditación con las piernas cruzadas todo el día. Nos sentábamos durante una hora seguida antes de que nos dieran un descanso de cinco a 10 minutos. Durante los primeros 15 minutos, sentía presión en las rodillas y los glúteos. A los 30 o 40 minutos se volvía insoportable. Salía de la postura estirando las piernas para aliviar la tensión de las articulaciones. Tal y como lo explicaba Goenka, es la oscilación entre lo agradable y lo desagradable lo que crea nuestro sufrimiento. Sufrimos porque perseguimos lo que nos hace sentir bien y huimos de lo que nos hace sentir mal. El problema es que nada permanece. Lo que nos aporta placer, al final nos hace sentir dolor, y viceversa. Así nos encontramos atrapados eternamente en ese círculo vicioso. La meditación vipassana, nos dijo, proporciona una salida al enseñarnos a permanecer con cada sensación, buena y mala. En lugar de intentar moldear el mundo para tener más de lo que queremos y menos de lo que no queremos (ansiedad), deberíamos cambiar nuestra forma de relacionarnos con las sensaciones. Este es el objetivo del escaneo corporal. Cuanto más ponía el foco en mi cuerpo, más sensaciones empezaba a notar. En contraste con el dolor de las rodillas, empecé a sentir un agradable cosquilleo por los brazos y las manos. Algunas personas afirman tener la sensación de estar compuestos totalmente de luz. Es normal que pienses que el “objetivo” del retiro es cultivar esas sensaciones, pasar de las dolorosas e intensas a las que son agradables y sutiles. Lo verdaderamente importante, sin embargo, es darse cuenta de esta inclinación a querer pasar de lo “malo” a lo “bueno”, y en su lugar practicar la ecuanimidad. No se trataba de encontrar la paz, sino de aprender a lidiar con todos los sentimientos. Recuerdo una sesión al tercer día en la que me dolía tanto la pierna que me empezó a temblar. Era consciente del temblor, pero me sentía totalmente desapegado. Sentía que no era “mío”.

Vuelve la ansiedad
Aunque experimenté momentos de profundidad espiritual mientras meditaba con alguna molestia, no sentía que mi mente se calmara. Traté de distraerme. Empecé a hacer algunas lagartijas, sentadillas y abdominales en mi habitación (técnicamente iba contra las normas, ya que se nos pidió que no hiciéramos nada más allá de caminar y estiramientos suaves).
También empecé a inventarme historias sobre mis compañeros de meditación. Eran estrategias para escapar de la realidad que se cernía sobre mí, como una tormenta que avanzaba por el horizonte. Cada vez estaba más ansioso. Siempre he sido un poco obsesivo compulsivo, y no en el sentido de mantener mi escritorio ordenado, sino en el de no poder frenar el bucle de pensamientos intrusivos. Una vez, cuando tenía 10 años, me pasé una Nochevieja en casa de un amigo de la familia en el baño, con un episodio de misofobia tan fuerte que no podía tocar nada sin volver a lavarme las manos al momento. Y a veces, cuando conducía y pasaba por un bache, estaba convencido de que en realidad había sido una persona. Mi solución era darle vueltas en mi cabeza sin parar. En el retiro, sin nada que me distrajera, mis pensamientos empezaron a dispararse. Goenka nos había advertido que esto podría ocurrir. Comparaba el retiro con la supuración de una herida infectada. Estábamos destinados a ver salir la basura mental. Entonces mi cerebro decidió abrir el cajón de los recuerdos desagradables para reproducirlos en bucle. Pensaba y pensaba y pensaba, y mis preocupaciones actuaban como esquiadores que bajan por una pendiente, tallando un surco cada vez más profundo en mi cableado cognitivo. Sabía lo que Goenka quería que hiciera. Se trataba de volver siempre a la consciencia y la ecuanimidad. Debíamos limitarnos a observar lo que ocurría, a ver “la realidad tal cual es, no como deseamos que sea”. Y el camino para conseguirlo era prestando atención a “la respiración y las sensaciones”. ¿Mis miedos habían hecho que mi respiración se volviera más superficial? ¿Podría hacerla más profunda? ¿Cómo se ha manifestado la ansiedad? ¿Qué sensaciones ha provocado? ¿Dónde las he sentido? De hecho, esta era la receta de Goenka, a través de Buda, para superar todas las dificultades que la vida te presente. Estamos tan desconectados de la respiración y el cuerpo que no somos capaces de reconocer las sensaciones antes de que se conviertan en reacciones. Percibimos un ruido fuerte y nos asustamos. Cuando prestamos más atención, somos capaces de observar los patrones que nos llevan a reaccionar automáticamente. Sin embargo, Goenka subraya que es esa visión externa, la de buscar algo fuera de nosotros a lo que culpar o que pueda darnos alivio, lo que nos condena. Nada externo a nosotros nos puede ofrecer una satisfacción duradera, porque nada permanece. Mientras nos neguemos a aceptarlo, seguiremos sufriendo. En lugar de ello, debemos abrazar la impermanencia y pensar: “Veamos cuánto dura esta sensación”.
En la oscuridad
Me resultó difícil seguir con la técnica del escaneo corporal. Intentar ser consciente de lo que sentía en la cervical, en los párpados o en el codo me resultaba tedioso. En esos momentos, mi cerebro se desconectaba y encendía la lista de reproducción de pensamientos negativos. Cuando después charlé con Judson Brewer, catedrático y director de investigación e innovación del Mindfulness Center de la Universidad de Brown, me explicó que la preocupación obsesiva es un hábito, ya que se introduce en nuestro cerebro con el mismo sistema que cualquier adicción: desencadenante, comportamiento y recompensa. Tenemos un pensamiento ansioso (desencadenante), nos preocupamos por él (comportamiento) y esto nos distrae de la sensación desagradable (recompensa). Es contraintuitivo pensar en la rumiación como una recompensa, pero el doctor Brewer lo explica así: “Preocuparnos nos da la sensación de que estamos haciendo algo, y hacer algo sienta mejor que no hacer nada, aunque no seamos conscientes de que lo que hacemos refuerza ese hábito. Si no sabes cómo funciona tu cerebro, se atascará en ese bucle”. Me habría resultado útil saberlo al séptimo día del retiro, cuando nos llevaron a cada uno a nuestra propia “celda” de meditación. Se encontraban dentro de la pagoda. Cada celda era suficientemente grande para que cupiera un cojín de meditación cuadrado y suficientemente oscura para que no pudieras ver tu propia mano. Durante mi primera sesión en la celda, fui capaz de volver a concentrarme como los primeros días. De repente, como una fiel compañera, mi ansiedad volvió a aparecer. No tuve más remedio que quedarme en silencio, a menos que quisiera abandonar el retiro. Sin embargo, en lugar de quedarme en la celda, al cabo de 30 minutos decidí dar un paseo por los senderos boscosos del exterior. Técnicamente, solo debíamos hacerlo durante las horas de descanso indicadas, pero se convirtió en mi recurso cuando me atacaba la ansiedad. Todos los días visitaba los mismos árboles, observando cómo los brotes de las ramas luchaban por florecer tras meses de hibernación. Observar los ciclos estacionales me enseñó la misma lección que habría aprendido observando “la respiración y las sensaciones”. Fue una lección sobre la impermanencia y la paciencia como antídoto contra la ansiedad. Me di cuenta de que la naturaleza no era algo fijo, sino una constelación de condiciones en movimiento. Me di cuenta de que yo también lo era. No tenía que “curar” mi ansiedad. Tiene sus propios ritmos, como un árbol o las olas del mar. Viene, se va. Viene otra vez. Se va otra vez. Como la respiración.

Romper el silencio
El último día se nos permitió romper nuestro silencio. Aunque mis cuerdas vocales seguían funcionando, me di cuenta de que mi capacidad para regular el volumen estaba ligeramente mermada. Me acerqué a un entrenador de jiu-jitsu brasileño. Él ya había asistido a varios retiros y comparaba la práctica de la meditación con el entrenamiento en las artes marciales. En jiu-jitsu, hay veces en las que un adversario te sujeta y la reacción automática de tu cuerpo, intentar escabullirte, es contraproducente. Asegura aún más el control de tu oponente sobre ti. Por eso te entrenas, me dijo, para que puedas realizar un movimiento que de verdad te ayude. Esto también se aplica a la ansiedad. Cuando me enfrento a mis pensamientos, mis emociones quieren que tome una acción (enredarme en el bucle) cuando debería tomar otra distinta (mantenerme tranquilo, respirar y aceptar). El retiro me había ayudado a comprender la diferencia. El doctor Brewer había hecho la misma comparación utilizando la metáfora de la hiedra venenosa. Si te rascas, se extenderá. Si soportas la molestia, desaparecerá por sí sola.
En su charla de despedida, Goenka insistía en que tendríamos que comprometernos a meditar al menos una hora por la mañana y otra por la tarde. Debemos ser conscientes de que nuestro progreso será muy pequeño al principio, y quizá con el transcurso de la vida será mayor. Debo admitir que, desde que volví a casa, no he conseguido meditar durante una hora ni una sola vez, y ni hablemos de la prescripción diaria de Goenka de dos. Sin embargo, cuando medito, mis días son más brillantes. Es como encender la luz en una habitación oscura: me permite verlo todo con más claridad. Cuando dejo de meditar varios días, todo se me hace más complicado, como si anduviera a tientas por la oscuridad.
Mi intención ahora es romper la barrera entre sentarme a meditar y simplemente permanecer más consciente y ecuánime en mi día a día. Alcanzar la paz y la calma por la mañana sentado en un cojín, o en un retiro de 10 días, no me resulta tan útil como poder hacerlo en medio de una intensa jornada laboral. Además, he descubierto que esperar a encontrar un espacio de completa quietud puede reforzar la idea de que el despertar es un destino lejano, al que llegaría después de tachar todas las tareas pendientes de mi lista. Me hace perder las oportunidades de practicar la resiliencia con lo que tengo a la mano. No hay línea de meta en la meditación ni en el camino por la ansiedad. Se dice que la práctica es tanto la semilla como el fruto. Practicas para poder seguir practicando o, como dijo el monje budista Bhikkhu Bodhi, “los únicos requisitos para alcanzar la meta final son dos: empezar y continuar”.
Lo que debes saber
Si quieres encontrar un buen retiro de silencio (y no caer en una secta), ten en cuenta estos factores.
Duración
Algunos retiros duran un fin de semana. Otros pueden durar 60 días. Si tu objetivo es iniciarte en la práctica y aprender de ella para más adelante, busca algo que sea breve.
Formato
Piensa si quieres estar todos los días en silencio. Algunos retiros de meditación no requieren pasar horas en silencio, e incluso permiten realizar actividades como yoga y distintos trabajos, como cocinar, limpiar o cuidar del jardín.
Precio
A medida que los retiros se han vuelto más populares, los precios han subido. Decide si quieres pagar por una experiencia más cómoda de cinco estrellas o si prefieres algo más económico, como vipassana, cuyos retiros son gratuitos.
Sensaciones
Antes de reservar, investiga y lee las opiniones de los asistentes. Preocúpate si hay algo que deja descontenta a mucha gente. Podría tratarse de una secta si cuentan con un líder con una misión especial, miembros que parecen temerosos del mundo exterior, y la prohibición de seguir manteniendo relaciones con antiguos miembros.
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