Salud

¿Puedes darle vuelta al reloj?

Mala nutrición, sedentarismo, consumo de alcohol y tabaco… Todas estas conductas impactan negativamente al cuerpo a lo largo de la vida. Aunque mejorar tus hábitos siempre es una buena idea, la pregunta es inevitable: ¿aún estás a tiempo de hacer una verdadera diferencia? Consultamos a expertos para averiguarlo.

Por: Elle Hunt
27 abril, 2026

Para Simon, 2025 fue un año marcado por excesos. A mitad de ese periodo, decidió que había tenido suficiente: era momento de cambiar su estilo de vida. El fallecimiento de su madre, y los problemas de salud que enfrentó en sus últimos años, lo llevaron a reflexionar sobre su propio futuro. Ella había fumado toda su vida y su estado se deterioró al punto de necesitar ayuda para moverse dentro de casa. Él no quería que esa fuera también su historia. Se consideraba una persona independiente y le preocupaba la posibilidad de sufrir un infarto, sabiendo el papel que juega la prevención en ese tipo de padecimientos.

“Ver a mi mamá realmente me impactó”, dice Simon ahora. “Pensé: ‘tengo que hacer algo al respecto hoy’”. Otro factor determinante fue una lectura muy elevada de su presión arterial. A partir de ahí, tomó acción: se compró una máquina de remo y algunas pesas, instaló una app para contar sus pasos y empezó a mejorar su descanso. También dejó de beber alcohol y buscó apoyo en Reddit para mantenerse firme en ese proceso.

Cuando hablamos, a principios de diciembre, llevaba seis meses sobrio. Nunca había pasado tanto tiempo sin beber desde que empezó a hacerlo. Ha perdido grasa, ganado músculo y ahora se siente orgulloso de sus métricas de sueño. No tiene intención de volver a sus viejos hábitos. “Me siento mucho mejor”, asegura. Al mirar atrás, reconoce que iba rumbo a un problema serio de salud. “Me encantaría haber hecho este cambio hace 10 años, pero espero haberlo hecho a tiempo para vivir un poco más”.

Todos sabemos que cuanto antes se establezcan buenos hábitos, mejor. Sin embargo, a muchas personas les cuesta dar el paso. Con frecuencia, es hasta que aparecen consecuencias negativas derivadas de la mala alimentación, el consumo de alcohol o la inactividad cuando deciden actuar. Pero entonces surge la duda clave: ¿es posible revertir todo ese daño?

Buenos genes

Lorna Harries, profesora de genética molecular en la University of Exeter, explica que la capacidad del cuerpo para revertir el daño depende tanto del impacto como de la duración de los hábitos que se buscan modificar. La edad en la que ocurre el cambio también es clave, al igual que la genética. Alrededor de un tercio de las métricas asociadas al envejecimiento están determinadas por nuestros genes, señala Harries. “Y no puedes elegir a tus padres”.

El otro gran factor que influye en la salud a largo plazo es el entorno. Las personas que viven en zonas de alto ingreso tienen una esperanza de vida hasta 13 años mayor que quienes habitan en áreas marginadas. Esto evidencia el peso del contexto en la longevidad y en la calidad de vida. Aunque en teoría podrías tener más control sobre dónde vives que sobre tu genética, en la práctica la ubicación suele estar ligada al nivel socioeconómico, lo cual impacta directamente en la capacidad de alimentarse bien, hacer ejercicio y tomar decisiones saludables.

Aun así, incluso dejando de lado los factores que no controlamos, existe un amplio margen de acción. Por ejemplo, fumar triplica el riesgo de morir por cáncer en comparación con quienes no lo hacen. Sin embargo, abandonar el hábito puede reducir significativamente ese riesgo. Un estudio publicado en JAMA Oncology en 2021 encontró que quienes dejaron de fumar entre los 35 y 44 años evitaron cerca del 90% del riesgo adicional de mortalidad por cáncer, acercándose al nivel de quienes nunca fumaron.

Incluso quienes abandonaron el tabaco después de recibir un diagnóstico mostraron mejores respuestas al tratamiento y redujeron su riesgo de mortalidad (en ciertos tipos de cáncer) en hasta un 40%.

Las personas que no fuman también pueden mejorar su salud de forma significativa. Harries destaca el papel del hígado, el principal sistema de filtración del cuerpo, encargado de procesar nutrientes, alcohol, medicamentos y toxinas. “Si no eres amable con tu hígado, cuando llegas a los 50 o 60 empieza a protestar”, explica. “Pero si haces cambios como mejorar tu dieta y dejar el alcohol, puede regenerarse”. En apenas tres o cuatro semanas pueden observarse mejoras en su funcionamiento.

Aunque el hígado es especialmente notable por su capacidad de regeneración, la mayoría de los órganos cuentan con células madre capaces de reparar una parte considerable del daño, siempre que se les dé el entorno adecuado. Incluso personas de 60 o 70 años con diabetes tipo 2 pueden mejorar de forma significativa el control de la glucosa mediante cambios en su estilo de vida.

Esto no significa que puedas descuidarte y confiar en que tu “yo del futuro” solucionará todo. La edad influye directamente en la capacidad de recuperación del organismo. Siempre hay margen de mejora, pero la clave está en qué tan avanzado está el daño en el momento en que decides intervenir. La salud y el envejecimiento son procesos multifactoriales, y todavía queda mucho por entender sobre cómo se desarrollan enfermedades como el cáncer.

La obesidad, por ejemplo, se asocia con un mayor riesgo de desarrollar cáncer de mama, endometrio, colon y al menos otros diez tipos. Sin embargo, los mecanismos detrás de esta relación aún no se comprenden del todo. Un grupo de investigadores ha comenzado a analizar cómo la obesidad puede detonar el desarrollo de cáncer y si la pérdida de peso puede reducir ese riesgo. “La pregunta es: ‘¿el cuerpo recuerda que ha sido obeso?’”, plantea el Dr. Nils Halberg, del QIMR Berghofer Medical Research Institute.

Sus estudios, realizados junto a Colinda Scheele del VIB Center for Cancer Biology y financiados por Worldwide Cancer Research, respaldan una hipótesis multifactorial. Según esta, las mutaciones genéticas asociadas al cáncer —ya sean hereditarias o adquiridas— solo evolucionan hacia tumores cuando se combinan con estímulos adicionales que desencadenan nuevos cambios celulares. Esto podría ayudar a explicar el aumento en las tasas de riesgo: nuestros entornos y estilos de vida actuales nos exponen a más factores dañinos que en el pasado.

“Lo que hemos demostrado es que la obesidad en sí misma es un factor determinante”, explica Halberg. “Una sola mutación no suele ser suficiente para provocar cáncer, pero el panorama cambia cuando se suma el sobrepeso”. La posibilidad de revertir ese riesgo cobra especial relevancia con la aparición y creciente popularidad de los fármacos tipo GLP-1. Estos avances podrían incluso abrir la puerta a tratamientos capaces de “borrar la memoria epigenética”, es decir, la forma en que el cuerpo registra y responde a los cambios acumulados en sus células a lo largo del tiempo. Se espera que los resultados de estas investigaciones estén disponibles hacia 2028.

Por ahora, lo que la ciencia deja claro es que los conceptos de “bueno” y “malo” en salud no son absolutos. “A veces se habla de esto como si fuera un interruptor de encendido y apagado, pero esa visión es simplista”, señala Halberg. El cuerpo funciona a partir de la interacción de múltiples factores acumulados con el tiempo.

El colesterol es un buen ejemplo. “Puedes tener todo en orden: peso saludable, buena condición física, presión arterial controlada y una adecuada tolerancia a la glucosa, pero un solo factor puede detonar enfermedad cardiovascular si no se atiende”, explica el Dr. Alan Flanagan, de la University of Surrey.

En este caso, la clave está en entender la exposición acumulada. La placa arterial puede comenzar a formarse desde los veinte años, por lo que los especialistas no solo consideran los niveles actuales de colesterol LDL, sino su comportamiento a lo largo del tiempo. “Una forma de entenderlo es pensar en años de exposición”, añade.

Mantener el colesterol por debajo de ciertos niveles puede, al menos, frenar la progresión de la placa arterial e incluso revertir parte del daño. Pero si se permite que se acumule durante años, el riesgo cardiovascular permanece elevado, incluso si posteriormente se logra reducir el colesterol en sangre.

Las evidencias del Dr. Alan Flanagan sugieren que las personas con predisposición deberían apuntar a niveles de LDL cercanos a 1.8 mmol/L o menos. Sin embargo, los niveles base de colesterol varían entre individuos, al igual que la respuesta a cambios en la dieta. En otras palabras, no todos tienen la misma capacidad de corregir el rumbo únicamente con hábitos. “Hay mucho énfasis en la dieta y el estilo de vida, pero eso no será suficiente para quienes tienen un riesgo elevado”, explica. “Lo mismo ocurre con la pérdida de peso: aunque mejora la glucosa, la presión arterial, la capacidad aeróbica y el riesgo cardiovascular general, para reducir el LDL es prácticamente inútil”.

Para disminuir el colesterol LDL, en muchos casos se requiere intervención farmacológica, como el uso de estatinas. Flanagan considera que incluso personas jóvenes con alto riesgo deberían recibir este tipo de tratamiento, aunque no siempre es una estrategia promovida por las autoridades de salud.

Mientras tanto, es fundamental adoptar una actitud proactiva frente a la salud cardiovascular, en lugar de esperar a que aparezcan los problemas. “La reducción del riesgo asociada al control del LDL es considerable”, afirma. Estudios han demostrado que mantener niveles bajos de LDL a lo largo de la vida puede reducir el riesgo de enfermedad cardiaca hasta en un 55%. “Puedes evitar que se convierta en un problema a los 70 si lo atiendes desde ahora”. Y para quienes tienen predisposición genética, la recomendación es clara: reducirlo es imprescindible.

De reversa

Aunque el cuerpo tiene una notable capacidad para resistir y recuperarse del desgaste, existe un punto a partir del cual ese proceso se vuelve mucho más difícil, o incluso imposible.

Un estudio reciente de Stanford Medicine encontró que el envejecimiento no ocurre de manera lineal, sino en dos momentos clave: alrededor de los 40 años y nuevamente cerca de los 60. Esto coincide con los hallazgos de la profesora Lorna Harries, quien explica que muchas personas se sienten bien hasta los 50, pero a partir de ahí las enfermedades crónicas comienzan a volverse más frecuentes.

Por ello, más que intentar revertir años de descuido, una estrategia más efectiva es retrasar ese punto de inflexión lo máximo posible. A este concepto se le conoce como healthspan, es decir, el tiempo de vida que se pasa en buen estado de salud. En el futuro, este periodo podría extenderse con ayuda de la biotecnología.

Como fundadora y directora científica de SENISCA, Harries trabaja en el desarrollo de tratamientos para combatir el envejecimiento celular, una de las principales causas de enfermedades crónicas. “Las células tienen un ciclo de vida, igual que las personas”, explica. Con el tiempo, el estrés, el daño en el ADN y los hábitos poco saludables hacen que muchas células se vuelvan senescentes, es decir, menos funcionales.

Los avances en este campo han mostrado un potencial prometedor, no solo para ralentizar, sino incluso para revertir el envejecimiento celular. “Hemos demostrado que es posible reprogramar células envejecidas para que recuperen características más jóvenes y funcionales”, señala Harries. A futuro, este tipo de tratamientos podría transformar el envejecimiento de forma similar a como los fármacos tipo GLP-1 han revolucionado la pérdida de peso.

Por ahora, algunas de estas ventajas ya pueden obtenerse a través de la alimentación. Una dieta rica en compuestos presentes en alimentos como el chocolate oscuro, las moras y otros productos naturales puede replicar parte de estos efectos. “Si sigues una dieta mediterránea rica en frutas y verduras, vas en la misma dirección”, explica.

Todo esto refuerza una idea clave: incluso pequeñas acciones pueden marcar una gran diferencia si se toman a tiempo. “El envejecimiento es inevitable, pero envejecer mal no lo es”, concluye Harries. Ejercicio, buena alimentación, evitar el alcohol y el tabaco siguen siendo pilares fundamentales. También lo es mantener la masa muscular y cuidar el sistema inmune. Más que intentar “darle la vuelta al reloj”, el verdadero objetivo es retrasar el momento en que empieza a jugar en tu contra. Porque, aunque no todo se puede revertir, nunca es demasiado tarde para mejorar.

Sin embargo, en el hospital donde trabaja, es común ver a hombres internados en oncología que se escapan para fumarse un cigarro. “Muchas personas piensan: ‘el daño ya está hecho, no hay razón para dejarlo’, pero incluso un cambio pequeño puede beneficiar a todo el sistema”, afirma.

Tras seis meses con su nuevo estilo de vida, Simon ya está convencido de los beneficios. Dejar el alcohol no fue sencillo, pero terminó facilitando otros ajustes. “Todo lo demás vino como consecuencia: más motivación y mejor descanso”, explica. No solo se siente mejor físicamente, también ha mejorado la percepción que tiene de sí mismo y su visión a futuro. El año pasado, se preparaba para lo peor: un posible infarto. “Ahora, si algo malo sucede, al menos sé que estoy haciendo todo lo posible por evitarlo”.

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