¿Estamos en la era de la sobrediagnosis?
Las etiquetas médicas tienen innegables ventajas, pero un nuevo libro sostiene que la creciente patologización de las afecciones cotidianas puede hacer más mal que bien… y no siempre conduce a mejores resultados. Entonces, ¿cuál es la solución?
Te parece que a todo el mundo le han diagnosticado algo? No solo te pasa a ti. Los diagnósticos de autismo se han multiplicado por cuatro. La prevalencia del TDAH ha experimentado aumentos igualmente asombrosos en los últimos 30 años. Pero con ambos, el crecimiento ha sido abrumador en el extremo más leve del espectro. Las tasas de diagnóstico de TDAH grave y autismo se han mantenido estables. Para la neuróloga y escritora Suzanne O’Sullivan, se trata de la punta del iceberg de una preocupante tendencia a la sobremedicalización. En su provocador libro The Age Of Diagnosis (La era del diagnóstico), afirma que “los problemas médicos límite se están convirtiendo en diagnósticos irrefutables y que las diferencias normales se están patologizando”.
Sostiene que el aumento de las afecciones no se debe al deterioro de la salud de la población o a una mejor detección, sino a que tanto médicos como pacientes “atribuyen más a la enfermedad”. Y no se trata solo de la salud mental, dice O’Sullivan. La concienciación sobre afecciones como el covid persistente y la enfermedad de Lyme, impulsada por grupos de defensa de los pacientes, ha progresado más rápidamente que la
investigación científica. Para O’Sullivan, se trata de una cultura del sobrediagnóstico, en la que damos más importancia a las etiquetas que a la atención sanitaria, el bienestar o la mejora de los resultados. Los diagnósticos pueden beneficiar a algunas personas, explica, pero pueden impedir que otras mejoren. En Men’s Health hablamos con ella.

¿Cuándo supo que tenía que escribir este libro?
Lleva años gestándose. Como todos mis libros, este surgió de los pacientes con los que trabajo y de las cosas que me preocupan. En este caso, se trataba de ver a cada vez más personas con diagnósticos múltiples. Parecía como si la gente estuviera acumulando etiquetas en lugar de hacer lo que se supone que debe hacer, que es dirigirse a vías de tratamiento, recuperación… a algún lugar productivo.
¿Qué hay de malo en las etiquetas, si la gente siente que les ayudan?
Las etiquetas médicas han llegado a considerarse una forma de entenderse a uno mismo o que dan sensación de pertenencia, etc. No quiero quitarle un diagnóstico a nadie que lo encuentre beneficioso: solo quiero que la gente entienda que una etiqueta médica no es inerte. Cuando te dan un diagnóstico, puede cambiar tu experiencia sobre tu cuerpo y tu salud, y eso puede tener un impacto negativo. Quiero que la gente piense con anticipación en ese diagnóstico y en lo que va a obtener de él.
¿A qué se debe esta fijación por los diagnósticos?
Por supuesto, hay gente que intenta ganar dinero a partir de esta fiebre por los diagnósticos, pero, en cierto modo, ese mercantilismo responde a lo que nosotros pedimos. Creo que todo está impulsado por una necesidad bienintencionada de corregir algo que salió mal. Cuando yo iba a la escuela, a ninguno de los 120 niños de mi curso se le reconocía ningún tipo de necesidad especial de aprendizaje, pero seguro que había algunos que sí la tenían. Durante mucho tiempo hubo abandono. Ahora, creo, hemos ido demasiado lejos. El diagnóstico médico se vende como algo positivo.
Uno de los factores que explican este aumento es la ampliación de los criterios de diagnóstico para incluir síntomas y manifestaciones más sutiles. ¿Por qué es importante?
Damos por sentado todo el tiempo que si alguien con hipertensión se beneficia de un diagnóstico o tratamiento, entonces alguien con hipertensión limítrofe también se beneficiará; hacemos lo mismo con el autismo, el TDAH o la depresión, sin tener en cuenta que, al entrar en esas categorías más leves, los beneficios del tratamiento son menores y lo que puedes perder si te convierten en paciente es mucho mayor. Si tienes autismo grave, tienes un problema, le pongas nombre o no. Con las categorías más leves, al ponerle una etiqueta médica lo que se hace es cambiar la relación de la persona con su salud.
Esto recuerda el aumento de la ansiedad social. Para algunos es debilitante, y puede beneficiarlos la medicación o terapia. Otros pueden sentirse menos ansiosos saliendo a la calle y ganando confianza.
Precisamente. Yo era una niña muy tímida: me negaba a contestar al teléfono y nunca hablaba delante de un grupo. Cuando crecí e hice más cosas, lo superé. Si me hubieran etiquetado o molestado por eso cuando era niña, quizá habría madurado exactamente igual, no lo sé. Pero en cuanto empiezas a señalar a un niño y a decirle: “No eres muy bueno en eso”, su confianza se resiente muy fácilmente.
El argumento del libro ha sido retomado por personas que señalan el aumento de los diagnósticos como prueba de la existencia de una generación llamada “copo de nieve”.
A veces, el poder utiliza esta tendencia al sobrediagnóstico como una excusa para recortar las prestaciones, pero como se puede ver en el libro, esa no es mi intención en absoluto. Es una conversación difícil de mantener: yo lo que quiero decir es que es importante fomentar la resiliencia. Las personas que se encuentran en la zona límite tienen la esperanza de recuperarse, pero solo si creen que pueden hacerlo. Si se habla en términos muy biológicos (de un problema de neurodesarrollo, de un desequilibrio químico) no se crea la impresión de que es algo que se puede superar.
¿Cómo encaja esta fijación por el diagnóstico con nuestra preocupación moderna por el bienestar?
Cosas tan cotidianas como el sueño se están medicalizando. A medida que uno envejece, ya no duerme tan bien; muchos de nosotros nos despertamos varias veces durante la noche. Pero si oímos el tono de las conversaciones sobre el sueño, pensaremos sinceramente que vamos a caer muertos si no dormimos unas siete horas cada noche. En consecuencia, las clínicas del sueño están inundadas de gente que cree tener un problema grave. Por supuesto, se puede optimizar la salud no bebiendo demasiado alcohol y haciendo suficiente ejercicio. Pero en muchos aspectos de la vida estamos asustando un poco a la gente.
Si los diagnósticos no ayudan necesariamente, ¿cómo podría mejorarse la asistencia sanitaria?
Me preocupa mucho lo especializados que nos hemos vuelto. A veces, investigo los desmayos de un paciente, y otros tres especialistas también. Alguien puede recibir dos diagnósticos por lo mismo. Me encantaría que hubiera más generalistas supervisando, que pudieran asegurarse de que a alguien no se le hacen cientos de pruebas, en distintos sitios, por la misma cosa. La falta de continuidad asistencial también es terrible para los pacientes, y sin duda contribuye al sobrediagnóstico y la sobremedicalización y a la realización de demasiadas pruebas.
Usted rechaza la opinión generalizada de que cada vez estamos más enfermos. Pero ¿podría explicarse esta búsqueda de diagnósticos por el hecho de que, en general, a la gente le cuesta sentirse bien?
Creo que la gente tiene dificultades, pero me pregunto si una etiqueta médica es la mejor manera de explicarlas. Los traumas infantiles y las circunstancias sociales desfavorables exponen a las personas al riesgo de desarrollar problemas, pero estas etiquetas médicas en cierto modo eximen a la sociedad de responsabilidad y nos distraen del necesario cambio social.
La era del diagnóstico de Suzanne O’Sullivan (disponible en librería El Péndulo).
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