Un hombre con un sueño
El investigador Michael Raduga cree en el poder de los sueños lúcidos. Cree tanto en ellos que se practicó una neurocirugía casera para implantarse un dispositivo que le permitiera controlar lo que ve al dormir.
ALMATY (KAZAJISTÁN), 2023
El taladro de la ferretería vibraba en la mano derecha de Michael Raduga mientras lo sostenía junto a su cabeza ensangrentada. Para asegurarse de perforar la parte correcta de su cerebro, había improvisado un sistema con una cámara endoscópica conectada a un monitor, con una luz anular que iluminaba el sitio en su cabeza rapada que había marcado con un plumón permanente. Como millones de personas aprendieron durante la pandemia de covid, cortarse el pelo uno mismo frente al espejo es complicado, especialmente en la parte de atrás, porque el cerebro ve la mano sosteniendo las tijeras en una dirección, pero la mano no coopera de inmediato. Raduga se enfrentaba al mismo desafío, solo que en lugar de cortarse el pelo con tijeras, estaba perforando su cráneo para poder insertar un implante casero en su cerebro. Se había aplicado anestesia local en la cabeza antes de hacer un agujero poco más grande que una moneda de 20 centavos mexicanos con un bisturí. Luego, vino la perforación. ¿Recuerdas cómo se siente en la mandíbula cuando un dentista perfora un diente? Sintió eso en todo el cuerpo. Sentía como si le vibrara el cráneo, y había sangre por todo el suelo de su departamento alquilado, incluso en el viejo tocador de madera que también hacía las veces de mesa de operaciones. Esparcidos a su alrededor, sobre cualquier superficie plana, había alicates, ollas de esmalte llenas de agua y sangre, cuchillos de cocina, platos, todo salpicado con la sangre. Había practicado con cabezas de oveja de una carnicería. Sabía que, al principio, la perforación sería fácil y que debía ir despacio por las partes blandas; es fácil empujar demasiado fuerte o demasiado rápido. Luego, al acercarse al cerebro, la sensación era como si estuvieras perforando cristal. Esa es la mejor manera que tiene de explicarlo. El implante estaba a su lado, lo más esterilizado posible. Era del tamaño de un clip: un alambre de platino recubierto de silicona y plástico, doblado en ángulo recto, con electrodos en un extremo. Usaría pinzas para introducirlo a través del orificio en su cráneo hasta su corteza sensorial… o tal vez su corteza motora. Era difícil saberlo con exactitud. Raduga no tenía formación médica y su educación posterior a la secundaria era escasa. Creía que el implante le ayudaría a tener sueños lúcidos, de esos en los que uno es consciente de que está soñando e incluso puede determinar lo que ocurre en ellos. Estaba tan convencido de ello que allí estaba a punto de morir en un apartamento de Kazajistán si resbalaba y perforaba un milímetro de más. Lo hacía con la convicción de que si todos pudiéramos tener sueños lúcidos cuando quisiéramos, seríamos felices, o al menos estaríamos infinitamente entretenidos. Introdujo el taladro con cuidado a través del último trozo de hueso. Insertó el implante con las pinzas.
Cosió la incisión, lo que requirió la misma coordinación inversa. La cirugía había terminado. Sin duda, fue uno de los actos más arriesgados que jamás haya realizado un ser humano en nombre de la investigación científica, pero parecía estar vivo. Michael Raduga cree que valió la pena. Se considera un pionero dispuesto a arriesgar su vida en busca de sueños controlables. Otros lo tachan de lunático. Pero ¿acaso no dicen lo mismo de todos los grandes?
SIBERIA, ALREDEDOR DEL AÑO 2000
“Si no entiendes el motivo por el que me operé, el resto de la historia es una completa locura”, dice Raduga, de 42 años. El motivo por el que se operó, al igual que el de muchos de nosotros que tomamos decisiones importantes en la vida, tiene sus raíces en su infancia, en los recuerdos de cuando estaba solo en su habitación. El departamento en Siberia, donde tuvo su primer sueño lúcido, era pequeño y frío. El suelo era de madera dura y las paredes estaban desnudas. En la habitación de Raduga había una mesita donde hacía sus tareas escolares y una cama. Había una ventana. Raduga era un niño grande y corpulento que practicaba deportes siempre que podía. El espacio apenas podía contener su tamaño. Su infancia transcurrió durante los últimos años de la Guerra Fría, algunos de los peores para el pueblo ruso. Raduga esperaba que, cuando su madre volviera a casa del trabajo por las tardes, trajera una barra de pan, pero casi nunca era así. Eran tiempos aterradores. La guerra nuclear parecía más posible que nunca, y se hablaba de guerras en el espacio. De niño, Raduga desarrolló la fobia de que los extraterrestres entrarían volando por la ventana de su pequeña habitación en Siberia y se lo llevarían. Sufrió esto durante años. Le aterrorizaba dormir. Esto persistió hasta bien entrada la adolescencia, incluso cuando trabajaba ilegalmente como portero en una discoteca. Era culturista, boxeaba, hacía kárate… y le aterrorizaba la idea de ser abducido por extraterrestres. Sabía que era una tontería —ya casi era un hombre— preocuparse por monstruos del espacio exterior. Pero era un miedo real. Entonces, como a veces hacen las personas desesperadas, tuvo una idea. Había leído sobre fobias y aprendido que si uno se enfrenta a un miedo, tiene posibilidades de superarlo. Pero los extraterrestres no son como los aviones o hablar en público: no puedes enfrentarte a ellos. Pero si de alguna manera lograba soñar con extraterrestres, tal vez podría dejar de sentir terror ante esa idea, recuperando lo que más echaba de menos, lo que necesitaba para llevar a cabo su plan: dormir. Lo intentó una y otra vez. Y una noche, funcionó. Maravillosamente, de hecho. Una criatura entró en su habitación por la ventana; no era una forma humana, sino una extraña mezcla de alienígenas que había visto en las películas. Se levantó de la cama, y el alienígena no se lo llevó. Finalmente, desapareció. Raduga no solo había soñado con un alienígena que venía a buscarlo y luego se marchaba, sino que había experimentado lo que más tarde comprendería que era un sueño lúcido. Mientras estaba en la fase REM del sueño, estaba consciente, así que no sintió el sueño como tal en absoluto. Incluso tras despertarse, sintió como si hubiera sucedido realmente. Sentía que tenía el control. Su fobia a las abducciones desapareció. De hecho, quería volver a soñar con eso una y otra vez. “Me fascinaba porque entonces supe que había algo más en este mundo”, dice. El extraterrestre se había transformado de un símbolo de miedo a la sugerencia de una vida mejor. ¿A dónde se había ido?, se preguntaba. ¿Qué más había ahí afuera? “Soñaba con extraterrestres, con la esperanza de que me abdujeran, porque quería escapar de la dureza de Siberia”. Esa experiencia había sido el catalizador de lo que primero se convertiría en su afición y más tarde en su vocación: ayudar a todos a tener sueños lúcidos, para que pudieran sentir lo que él sintió. Aprendió cómo los sueños lúcidos podían ayudar a las personas de otras maneras: estimulando la creatividad, reduciendo el trastorno de estrés postraumático y la ansiedad. Leyó libros de Robert A. Monroe, pionero en el reconocimiento y estudio de los sueños lúcidos; Keith Hearne, a quien a menudo se le atribuye haber establecido en 1975 la primera prueba de que los sueños lúcidos son reales; y Stephen LaBerge, psicofisiólogo y exprofesor de la Universidad de Stanford, quien ha trabajado en técnicas tecnológicas para inducir un estado de sueño lúcido. Y estudió misticismo y esoterismo paranormal. Existían técnicas como el sueño lúcido inducido por la vigilia (WILD, por sus siglas en inglés), que consiste en despertarse deliberadamente tras varias horas de sueño y volver a dormirse con la intención de tener un sueño lúcido. A los 20 años, Raduga incluso escribió un libro, publicado en Rusia, sobre sus primeras experiencias con los sueños lúcidos. “Fue una tontería, pero tuvo mucho éxito”, comenta. Practicó la inducción de sueños lúcidos y empezó a funcionar. Soñar lúcidamente comienza con la intención. La mayoría de los practicantes sugieren soñar con algo o alguien en particular y concentrarse solo en eso. Raduga a veces inducía sueños en los que su refrigerador estaba lleno de comida —y él mismo comiéndola—, porque en la Rusia postsoviética nunca lo estaba. “Lo usaba como una forma de compensar la realidad”, dice. “Cuando tienes un sueño lúcido, tus sensaciones se vuelven tan reales como ahora, a veces incluso más. Ves a alguien y es como si me estuvieras viendo ahora mismo. Y podría ser alguien que ha fallecido o alguien a quien extrañas. Es difícil explicar cómo todo puede ser más real que ahora. Es imposible de entender si no lo has experimentado”. Pero ¿y si todos pudieran experimentar este estado de hiperrealidad? ¿Y si todos pudieran activar lo que Raduga llama nuestra “IA interna” y controlarla? “En el futuro, no podrás imaginar tu vida sin un dispositivo que controle tu sueño REM”, afirma. “Será como internet. O la electricidad. Transformará nuestra civilización”.


ALMATY (KAZAJISTÁN), 2023
El departamento en Kazajistán era más pequeño que el de Siberia, una especie de caja de la era soviética con un dormitorio, cocina y baño. Pero era cómodo. Y como ya era un hombre adulto, podía comprar comida para guardar en el refrigerador. Después de Siberia, pero antes de Kazajistán, Raduga había vivido y trabajado en Novorossiysk, una ciudad del suroeste de Rusia, a orillas del Mar Negro, donde había montado un laboratorio para estudiar los sueños lúcidos. Contrató a dos ingenieros y un científico del sueño, y pagaba a soñadores lúcidos experimentados para que participaran en estudios del sueño. El alquiler del laboratorio (donde también vivía) lo financiaba impartiendo seminarios y webinars, y mediante donaciones de personas que apoyaban su trabajo. Aún no se había graduado de la universidad, pero ya publicaba artículos en revistas científicas y planeaba viajar por el mundo dando clases y seminarios. Era un investigador de los sueños a tiempo completo; no ganaba dinero, pero podía vivir. En febrero de 2022, Vladímir Putin ordenó la invasión no provocada de Ucrania, que desencadenó una guerra prolongada, cruel e impopular. Algunas empresas internacionales dejaron de hacer negocios con Rusia, y el país se convirtió en un paria en todos los sentidos, incluso en la comunidad científica. Según Raduga, muchas revistas occidentales dejaron de aceptar artículos de investigadores rusos. Tan importante como su decisión de abandonar Rusia fue su conclusión de que el gobierno tenía poco interés en las innovaciones que pudieran beneficiar a su propio pueblo, y mucho menos a la humanidad entera. “Rusia es muy hermética”, afirma. “Pensé que Rusia había cambiado, que se abriría y que ahí podría desarrollar algo, pero durante la guerra me quedó claro que no cambiaría. Se hizo evidente que nunca podría hacer nada serio ahí”. Así que recogió su laboratorio y se mudó a Almaty, en Kazajistán, el país más cercano que conocía con una embajada de EEUU. Su destino final era Silicon Valley, donde sabía que los sueños podían hacerse realidad.
Solicitó una visa EB-1B, un tipo de visa destinada a personas con “habilidades extraordinarias” que permite la residencia permanente en EEUU. Mientras esperaba la aprobación, podía concentrarse en su plan. Un plan temerario. En el apartamento, Raduga construyó el implante. Una vez colocado en su cerebro, una segunda persona, un científico del sueño, presionaría un botón que activaría el electrodo para estimular el cerebro en el momento preciso durante la fase REM del sueño, con el potencial de inducir sueños lúcidos. Raduga pensó en contratar a un neurocirujano para que realizara la cirugía, pero pronto se dio cuenta de que era improbable que un médico en Kazajistán (o en cualquier otro lugar) aceptara insertar el rudimentario implante en su cerebro. Legal, ética y económicamente, no era viable. Se miró fijamente en el espejo. Había terminado el bachillerato en Siberia y cursado algunos estudios de negocios en una universidad de Moscú, pero ahí terminaba su formación. Nunca había asistido a un curso de reanimación cardiopulmonar, y mucho menos había recibido la formación médica necesaria para saber cómo hacerse un tatuaje en la cabeza. Y sin embargo, “me miré. Era una idea descabellada. ¿Es posible hacerlo uno mismo? En realidad, a nivel subconsciente, supe de inmediato que iba a hacerlo”.
Raduga compró un taladro para grabar metal en una ferretería y un juego de brocas de acero. Practicó con cabezas de oveja. Pensó en la cirugía durante tres meses, preocupado por cada detalle, hasta que finalmente la idea se convirtió en algo habitual para él. Iba a suceder. Aún estaba nervioso. Aún sabía que podía morir. Toda cirugía conlleva un riesgo de muerte. En su mente, se volvió factible. Preparó un aparato con una cámara endoscópica, un espejo y un monitor, lo que le permitió obtener la mejor visión del campo quirúrgico. Compró anestesia. Eligió un día. Y no le contó a nadie lo que estaba haciendo.
En el primer intento, fracasó. Había mucha sangre y no estaba preparado para eso. Cortar cabezas de oveja era una cosa, pero cortarse la carne con un bisturí le resultaba extraño e incómodo, y tuvo que cortar cada vez más profundo, mucho más profundo de lo que pensaba. Se sentía mal. Se detuvo. ¿Podría hacerlo? “Pensaba que tal vez no tenía el valor suficiente”, dice. “Luchaba conmigo mismo: ‘¿Realmente lo estoy haciendo mal o es que estoy buscando excusas para parar?”. Después de dos días, lo reconsideré todo. Y volví a empezar el procedimiento”. Pasó ocho horas preparándose, instalando el equipo y colocando todo —las herramientas, la cámara, la anestesia— donde pudiera alcanzarlo sin mirar. Le dijo a un amigo que fuera al departamento si no tenía noticias suyas en dos horas.
No explicó el motivo. La cirugía duró cuatro horas y calcula que perdió al menos el 20% de su sangre, que acabó en el suelo, en su ropa y en su cuerpo: no pudo recibir una transfusión porque la operación se mantuvo en secreto, así que se centró en comer bien y beber líquidos. Raduga le enviaba mensajes a su amigo cada hora para avisarle que estaba bien y que no hacía falta que fuera a comprobar su estado. No conocía ninguna investigación que indicara qué parte del cerebro sería la más adecuada; de hecho, intentaba operar en la corteza sensorial, que según su hipótesis sería lo ideal, pero falló y la ubicó en la corteza motora. Después, Raduga miró a su alrededor, exhausto. Había sangre en el suelo y un montón de instrumentos ensangrentados a su lado: un bisturí ensangrentado, un taladro ensangrentado, hilo de sutura ensangrentado, pinzas ensangrentadas. Y a pesar del cansancio, sabía que no debía irse a dormir. O mejor dicho, tenía miedo de irse a dormir. Se duchó. Increíblemente, impartió un seminario web sobre sueños lúcidos. Limpió todo. “Mantente ocupado”, pensó. Y entonces, finalmente, se durmió.



REDWOOD CITY (CALIFORNIA), 2025
La casa en Silicon Valley se encuentra al final de una calle sin salida. La espaciosa planta principal cuenta con varios dormitorios, una gran cocina y puertas corredizas que dan a una terraza con vistas panorámicas de 180º a un valle. Raduga ha instalado un gimnasio al aire libre en un extremo de la terraza, junto a su tranquilo dormitorio, que por sí solo tiene casi el tamaño del apartamento de Almaty. La planta baja está destinada al trabajo. En las paredes cuelgan fotografías de científicos, inventores e ingenieros: Einstein, Ivan Pavlov, Elon Musk. Hay dormitorios diseñados para estudios voluntarios del sueño, equipados con cámaras de visión nocturna y electroencefalogramas. Un dormitorio grande está acondicionado como oficina, donde los ingenieros que trabajan para la empresa de Raduga, REMspace, acuden casi a diario. Tiene 15 empleados a tiempo completo y 10 a tiempo parcial. En los días posteriores a su neurocirugía casera en Kazajistán, Raduga acudió a una clínica privada de neurocirugía y consultó con los cirujanos sobre los antibióticos y otros medicamentos que necesitaba. No les dijo que se había operado él mismo. De hecho, afirma que sospecharon algún tipo de mala praxis, tal vez que lo habían drogado y arrastrado a un garaje donde alguien le había perforado el cráneo para implantarle algún dispositivo nefasto. Solo después de que se lo extrajeran un mes después, les contó a los cirujanos todo lo que había hecho y lo que estaba haciendo. Durante ese mes, Raduga y un científico del sueño estudiaron la eficacia del dispositivo para inducir sueños lúcidos. El científico monitorizaba su sueño con un electroencefalógrafo y pulsaba un botón para enviar un impulso a través del electrodo. Registraban todo: patrones de sueño, movimientos oculares, parálisis del sueño y ondas cerebrales, datos que permitían demostrar que una persona está consciente mientras duerme. Sin embargo, resultaba difícil: incluso en grandes laboratorios del sueño financiados por universidades, determinar el momento preciso durante la fase REM es muy complicado. Un obstáculo irónico fue que las molestias de la propia cirugía dificultaban que Raduga alcanzara un sueño profundo. Durante este tiempo, Raduga solo tuvo dos sueños lúcidos y un episodio de parálisis del sueño. Después de que el Daily Mail se enterara de la cirugía de Raduga y la noticia se viralizara, comenzó a reunir a un grupo de entusiastas de los sueños lúcidos en todo el mundo. Algunos le enviaron dinero para financiar su investigación, pero un inversor que lo contactó terminó invirtiendo alrededor de 700 mil euros, según cuenta Raduga. No tenía ni idea de cómo funcionaba la financiación en EEUU, pero viviendo en Silicon Valley, se informó y aprendió rápidamente. Actualmente se está reuniendo con empresas de capital riesgo para una nueva ronda de inversión. Ha escuchado un “no” muchísimas veces, y algunas personas le han dicho que creen que está loco. Cuando solicitó su tarjeta de residencia, se sometió a dos exámenes médicos y a una evaluación psiquiátrica adicional que, según le dijeron, no formaban parte del protocolo habitual. Afirma que no se le diagnosticó ninguna enfermedad mental. Uno de los objetivos principales de REMspace, empresa que fundó en agosto de 2023, es crear tecnología que pueda inducir sueños lúcidos sin necesidad de perforar el cráneo e implantar un electrodo. La empresa comenzó a vender una máscara, llamada LucidMe, que por fuera parece una máscara para dormir normal, como las que se ven en los hoteles. Una aplicación complementaria, LucidMe, supuestamente la controla y registra cuándo se han tenido sueños lúcidos. La máscara no emite impulsos eléctricos como el implante de Raduga; en cambio, detecta la fase REM del sueño y envía señales simples (luces, vibraciones) diseñadas para alertar a los usuarios sin llegar a despertarlos por completo: la definición básica de un sueño lúcido. Raduga admite que la versión actual de LucidMe suele despertarlos, pero ya se está retirando para dar paso a la siguiente versión, que incluirá el triple de sensores y, según espera, dará el paso revolucionario de inducir sueños lúcidos mucho más intensos, duraderos y controlables que cualquier otra tecnología existente hasta la fecha. La nueva máscara aún se encuentra en fase de pruebas. El sitio web de la empresa, remspace.net, está lleno de mensajes de ánimo y explicaciones sencillas. Parece diseñado para atraer a quienes lo prueban por primera vez. Una especie de sección de preguntas frecuentes comienza con: “¿Qué es un sueño lúcido en términos sencillos?”. Respuesta: “Un sueño lúcido es como un estado especial en el que de repente te das cuenta: ‘¡Oh, estoy dentro de mi sueño!’. En ese momento, puedes cambiar la historia de lo que está sucediendo. Imagina que estás en una sala de cine; no, no solo viendo una película, sino interactuando con su trama, ¡como si fueras el protagonista! Quizás suene ridículo, ¿verdad? Pero para mucha gente, esta es una situación normal”. Por su parte, Stephen LaBerge describió una vez los sueños lúcidos en un discurso en Stanford simplemente como: “Un sueño en el que sabes que estás soñando mientras ocurre”.
El sitio web de Raduga vende no solo el LucidMe, sino también su libro de 2014, The Phase: Shattering The Illusion Of Reality, que anteriormente se titulaba The Phase: A Practical Guidebook For Lucid Dreaming And Out-Of-Body Travel. Cuenta con 169 reseñas en Amazon, la mayoría de cuatro y cinco estrellas. En el sitio web hay una sección de “Cómo hacerlo”, que ofrece videos y tutoriales gratuitos, comenzando con lo que la mayoría de los estudiantes de sueños lúcidos consideran el primer paso: definir la intención de lo que se espera hacer o ver en el sueño. Luego, se presenta una lista de posibles objetivos, como “viajar por el planeta y el espacio”, “conocer a celebridades y seres queridos” y “entretenimiento para adultos”. Una nota al final indica que las probabilidades de tener un sueño lúcido aumentan si se plantean dos o tres de estos objetivos. Las reseñas online de LucidMe en YouTube y redes sociales son tan erráticas como suelen ser las opiniones sobre los sueños lúcidos. “La primera máscara que me ha hecho tener una experiencia extracorporal”, dice un usuario en TikTok. Muchos otros han reportado un éxito similar. Otros se han quejado de su efectividad. Si bien el lenguaje de la web puede sonar fantasioso en algunos pasajes (“En REMspace Inc. creemos que el sueño REM será el próximo avance revolucionario después de la IA, destinado a transformar la civilización”) y dudoso en otros (“Esta es una forma muy efectiva de tener sueños lúcidos y experiencias extracorporales. ¡La tasa de éxito para 1-5 intentos es del 50 %!”), hay mucha información. Es exhaustiva y, en general, sincera.

EL FUTURO
Raduga se operó el cerebro con un taladro de ferretería, y si bien esa acción lo ha convertido en un héroe para algunos, también lo ha convertido en una figura muy controvertida. Además, su afirmación de que todos podemos comprar su máscara y tener un 50 % de probabilidades de experimentar un sueño lúcido en las tres noches de uso —en el que podríamos ver a un familiar fallecido o tener relaciones sexuales con alguien con quien deseamos— contradice lo que afirman algunos de los investigadores y profesionales más destacados en este campo. Deirdre Leigh Barrett es profesora del departamento de psicología de la Facultad de Medicina de Harvard y editora jefe de Dreaming, la revista de la Asociación Internacional para el Estudio de los Sueños. Conoció la investigación prequirúrgica de Raduga cuando este se encontraba en su laboratorio de Rusia, y publicó varios estudios en los que él participó como coautor en Dreaming. En aquel entonces, lo describió como “un autor de investigaciones bastante sólidas sobre sueños lúcidos, ninguna de las cuales tiene que ver con ningún dispositivo que se use por la noche para producir sueños lúcidos”. La doctora Barrett sospecha que algún dispositivo tecnológico podría algún día lograr inducir sueños lúcidos, pero no a corto plazo. “Y me sorprendería que fuera el grupo de Raduga el que lo descubriera”, afirma. El problema es que intentar crear el escenario perfecto para que se produzca un sueño lúcido es un reto incluso en el entorno más controlado. “La idea de intentar activarlo artificialmente sin despertar a la persona ni interrumpir su sueño REM es una estrategia muy plausible para intentar inducir sueños lúcidos”, afirma Barrett. “Pero los laboratorios que lo han intentado con buenos equipos de EEG y dispositivos de estimulación magnética o eléctrica de última generación, valorados en decenas de miles de dólares, no han logrado producir sueños lúcidos”. “No consideré su autocirugía como una investigación y pensé que tuvo suerte de sobrevivir”, continúa. Y añade: “Algunos de mis colegas creen que fue un montaje, pero yo tiendo a creer que realmente lo hizo”. Raduga envió a Men’s Health imágenes de la cirugía y afirma que puede demostrar que la realizó. La doctora Barrett no recomienda comprar LucidMe ni ninguna de las otras máscaras del mercado que prometen un éxito similar.
Karen Konkoly tiene un doctorado en psicología por la Universidad Northwestern, donde fue una de las primeras en EEUU en varias décadas en centrar su investigación doctoral en la neurociencia de los sueños lúcidos. Es científica especializada en sueños y dirige el contenido de Dust, una empresa emergente de tecnología de sueños. Conoció a Raduga durante un retiro corporativo este año. Le caía bien y admiraba su pasión, pero le preocupa que la atención que se le presta nos desvíe de la investigación científicamente más rigurosa. “Tómense en serio la investigación sobre los sueños lúcidos”, dice, casi suplicando. “Por un lado, la publicidad es buena para el campo, pero por otro, es una locura. Tengo un videoblog sobre sueños lúcidos donde realizo estudios. Y que Raduga publicite su cirugía sería como si yo hiciera un videoblog sobre mí misma y luego enviara un comunicado de prensa diciendo: ‘Hice esto’. Pero su cirugía ni siquiera rozó el proceso científico. Ni siquiera fue un estudio”.
Incluso existe cierta controversia sobre si la mayoría de nuestros sueños ocurren durante la fase REM del sueño, y “detectar la fase REM en tiempo real supone un reto técnico”, afirma la doctora Konkoly. Sin embargo, la investigación sobre cómo inducir sueños lúcidos no deja de crecer. Ella contribuyó al desarrollo de una técnica llamada “reactivación selectiva de la lucidez”, en la que se combinan sonidos con un estado mental lúcido (prestar atención a las experiencias y evaluarlas en detalle) antes de dormir, lo que puede desencadenar sueños lúcidos. Tanto ella como la doctora Barrett mencionaron la galantamina, un fármaco para el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer, como una forma de intentar tener sueños lúcidos. Pero la idea misma de la lucidez instantánea podría ser solo un sueño.
Daniel Love es un onirológo británico (la onirología es una subdisciplina de la psicología que se especializa en el estudio científico de los sueños) y profesor de sueños lúcidos. Ha trabajado como consultor para la BBC y ha escrito libros que fomentan los sueños lúcidos, aunque con ciertas reservas. Según él, los sueños lúcidos, una vez alcanzados, están sujetos a pensamientos intrusivos y divagaciones mentales, al igual que los sueños normales, y también como en nuestra vida cotidiana. “La mente subconsciente es un caos, un caos fascinante”, afirma. “Y para la gran mayoría de las personas en el planeta, y posiblemente para todas, no tenemos ni de lejos el control que nos gustaría tener sobre nuestra mente. Por lo tanto, controlar los sueños lúcidos es una distracción”.
En cuanto a la idea de que un dispositivo o método “fácil” permita tener cualquier sueño lúcido en pocos intentos, Love afirma: “El sueño lúcido es un estado alterado de conciencia interesante, que permite cierto grado de control y exploración, pero incluso si se pudiera activar mágicamente, no garantizaría un control perfecto de los sueños. No sería como una Xbox mental”. Love aclara que, si bien se enteró de la autocirugía de Raduga por las noticias, no conoce a fondo su investigación. En su sitio web, The Lucid Guide, su biografía incluye la frase: “Love es conocido por oponerse abiertamente a quienes difunden información errónea sobre los sueños lúcidos o lucran con la venta de contenido o productos engañosos”. Sin embargo, no hizo comentarios a Men’s Health sobre el trabajo en concreto de Raduga.
Mientras tanto, Raduga sigue teniendo un agujero en el cráneo. Siempre lo tendrá. Ahora está cubierto por tejido y su cabello rubio y corto. No hay hueso debajo. Insertó una placa de titanio en una gorra de béisbol que usa en caso de sufrir un golpe en la cabeza. Está concentrado en perfeccionar el LucidMe y la tecnología que, según él, permite inducir y registrar sueños. “¿Por qué no podemos tener todos sueños lúcidos ahora mismo? Porque es difícil inducirlos, incluso conociendo todos los métodos”, dice Raduga. “La gente no está dispuesta a invertir tanto tiempo, aunque sepan que es genial. Pero cuando tienes que leer libros, piensas: ‘Mi vida está bien sin tenerlos’. Y este futuro, del que les he hablado, nunca existirá sin la tecnología que ayudaría a la gente a inducir sueños lúcidos fácilmente”. Está impaciente con lo que considera la lentitud de la investigación sobre los sueños lúcidos y espera que LucidMe la impulse al recopilar datos de millones de personas que experimentan estos sueños. Sabe que su cirugía fue un error, aunque le ayudó a tener sueños lúcidos, y no se la volvería a hacer. Pero ¿y si le permite perfeccionar un dispositivo que cualquiera pueda comprar y usar, y tal vez experimentar lo que dice haber sentido cuando el extraterrestre entró en su habitación en Siberia? Está seguro de que vendrán. Lo comprarán. Lo usarán. Y entonces soñarán. Y para Raduga, todo habrá valido la pena.
¿Ya te suscribiste al Newsletter de Men’s Health México y Latinoamérica?
Haz click aquí y recibe las mejores rutinas, consejos para bajar de peso, recomendaciones de salud y todo el contenido que necesitas para ser la mejor versión de ti.
Síguenos en nuestras redes sociales: Instagram, Facebook, X (Twitter) y Threads